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El Alfarero y el barro

Presentación

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«Somos barro en manos de Dios». Pocas frases reúnen con tanta sencillez la humildad, la confianza y la esperanza: recuerdan que la vida no se ha dado a sí misma, que alguien conoce mejor la forma a la que la persona está llamada y que una existencia malograda puede todavía recibir novedad. La imagen atrae porque pertenece a un mundo concreto. El barro se toca, conserva la huella de unos dedos, cambia bajo la presión, se vuelve frágil cuando está seco y cotidiano cuando llega a ser vasija. La Escritura vuelve sobre ella en escenas muy distintas: un ser humano formado de la tierra, un pueblo que suplica «Tú eres nuestro alfarero», una vasija que se rehace y otra que se rompe, Job que recuerda las manos que lo formaron, un tesoro en recipientes frágiles. La imagen es amada porque educa la gratitud por una existencia recibida, habla de un Dios cercano que forma y sostiene, abre la esperanza de una forma nueva y orienta el don al servicio. Pero su fuerza simbólica la hace vulnerable. «Eres barro» puede pasar de memoria del don a negación de la dignidad; «déjate moldear» puede exigir obediencia ciega a una persona; «Dios te rompe para rehacerte» puede justificar un daño. El problema no está en la Escritura, sino en fundir todas las escenas en un mismo proceso. Este recorrido las distingue: escuchar antes de aplicar, para sostener juntas la acción de Dios y la respuesta de la criatura en lo que aquí se llamará plasticidad responsable.

Jr 18,6

Para asimilar

Camino · Presentación1 / 7

El Alfarero y el barro

Según la presentación del libro, ¿qué afirma sobre la persona la imagen «somos barro en manos de Dios»?

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