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El Pastor y las ovejas

Presentación

Presentación

Pocas imágenes bíblicas resultan tan familiares como la del pastor. Busca a la oveja perdida, protege al rebaño, lo conduce hacia el agua; y la oveja reconoce una voz y encuentra compañía. En iglesias, colegios y obras de arte, esas escenas han dado forma visible a la confianza. Quien ha pasado por el desconcierto comprende el deseo de una guía; quien se ha sentido olvidado, la alegría de ser buscado por su nombre. Por su fuerza afectiva, la imagen merece una lectura atenta. Puede consolar a una persona herida y puede infantilizar a un adulto. Puede describir un servicio paciente y puede rodear de sacralidad las decisiones de un dirigente. La Escritura conoce esa ambivalencia: no entrega el símbolo a quienes ejercen autoridad como un título honorífico, sino que lo convierte también en criterio de juicio. De ahí una pregunta sencilla: ¿quién posee el rebaño? Decir «mis fieles» o «mi gente» expresa a veces cercanía, y se vuelve peligroso cuando transforma un servicio en derecho sobre la conciencia, el tiempo o las decisiones de otros. La respuesta bíblica tiene un centro: «Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por sus ovejas» (Jn 10,11). El rebaño es de Cristo. Los reyes, profetas, apóstoles y responsables son pastores subordinados y examinables por lo que sucede con las ovejas. Recibir cuidado no obliga a renunciar a la conciencia: la fe madura no sospecha de todo vínculo, pero sabe a quién pertenece.

Jn 10,11

Para asimilar

Camino · Presentación1 / 7

El Pastor y las ovejas

¿Cuál es la pregunta sencilla con la que arranca esta presentación de la imagen del pastor?

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