La mano se abre y la semilla deja de pertenecer a quien la arroja. Durante un instante puede seguirse su trayectoria; después cae entre terrones, se hunde bajo el polvo o queda expuesta en la superficie. El sembrador ha elegido el momento y preparado el gesto, pero ya no sostiene en la palma aquello que espera ver convertido en fruto. Sembrar a voleo es, ante todo, soltar: renunciar al control de dónde caerá cada grano. La Biblia vuelve una y otra vez a esa escena. Habla de campos, lluvia, trabajo y cosecha porque sus oyentes conocían una vida ligada a la tierra, y convierte la siembra en lenguaje para la palabra, la justicia y el Reino. Entre esas imágenes destaca el sembrador que esparce su grano sobre terrenos distintos: «Escuchad: salió el sembrador a sembrar» (Mc 4,3). La familiaridad, sin embargo, puede cerrar la lectura demasiado pronto. Resulta cómodo convertir los cuatro terrenos en cuatro clases de personas y usar la parábola como mapa para clasificar a otros. Queda entonces sin mirar lo esencial: el suelo no es una identidad fija, sino una historia de recepción, y el fruto no se fabrica por cálculo. Ninguna cifra permite declarar que una obra pertenece ya a la cosecha. Antes de nombrar terrenos conviene atender al gesto mismo, a la palabra que cae fuera de la mano y crece de un modo que nadie domina.
Mc 4,3